jueves, 18 de mayo de 2017

Me encontrarás


Briamel González Zambrano

No me encontrarás en la persecución y en la violencia de masas enardecidas
Vi demasiadas veces a hordas amenazando, humillando y amedrentando
Vi demasiadas veces el odio en sus miradas, la revancha en sus acciones
Me horroricé con sus sinrazones y con sus motos rodeándonos y alegrándose de vernos con miedo
No quiero ser ellos, no me quiero parecer a eso que nos trajo hasta aquí
Sí estaré preguntando e investigando por el origen de fortunas y bienes de quienes gobiernan
Sí estaré pidiendo justicia y respeto a los derechos ante organismos que deben garantizarlos
So pena de que me llamen ridícula por acudir a instituciones que no dan respuesta nunca
Sí estaré en el reclamo, en la consternación y en la denuncia del hambre, la represión y las muertes 
No me encontrarás esparciendo rumores, cadenas, vídeos e informaciones sin contrastar
Porque es muy fácil darle al botón de “enviar”, pero hay que confirmar y dudar siempre
Sí estaré exigiendo transparencia y acceso a los datos oficiales, que son un derecho de todos
No me encontrarás lavando reputaciones digitales a gente que te ofrece fortunas  por hacerlo
No me encontrarás censurando a mis paisanos sobre lo que deben o no publicar en sus redes sociales
Exigimos libertad y democracia y a veces queremos imponer un tema único, un pensamiento único, un dolor único.
Y sí, es verdad que muchos atravesamos un estado de pesadumbre inenarrable
Pero la gente no debería tener que disculparse o pedir permiso para seguir comentando su vida (que para eso se inventaron estas herramientas)
En muchos casos no es indolencia, es una demostración de que el tiempo sigue corriendo y de que también hay algo que triunfa sobre tanto abatimiento. Que hay otros paisajes para contar.
No me encontrarás diciendo a mis paisanos lo que tienen que hacer: marcha, no marches, corre, no corras, quema, agrede, rompe, escupe, súbete a la tanqueta, no te subas.
Sé lo que es estar allí y sé lo que provoca el gas lacrimógeno al sistema respiratorio de una asmática como yo. Sé cómo aprieta y pesa un chaleco antibalas, sé que es querer correr y que las fuerzas no te acompañen. Así que quizá tan solo les hago una sugerencia contundente: Cuídense, porque a los del otro lado no parece importarles lo que les pase.
No me encontrarás eliminando a mis contactos que piensan distinto.  Porque si seguimos conectados es decisión de ambos. Por el cariño que nos unió y seguro sigue aunque sea en la distancia. Porque ninguno es ministro ni capo de nada. Porque sí que les pregunto y los increpo. Quiero saber lo que piensan de tanta muerte. Me siguen sorprendiendo sus respuestas, sus argumentos y supongo que a ellos les pasa igual. Me sigue gustando el debate.
Me encontrarás en el puente y no en el muro.
Me encontrarás en el dolor y a veces en la furia, en la indignación que trato de convertir en otro tipo de energía, aunque no siempre lo consiga.
Me encontrarás con el corazón blandito que late con diferencia horaria por todo lo que está allí, por todo lo que me dio, por todo lo que dejé, por todo lo que amo.

Foto: Agencias

Foto de Guillermo Suárez 




domingo, 12 de marzo de 2017

5 cosas que aprendes al migrar, según La Rorra

Briamel González Zambrano



1.- A vivir con poco y aún así ahorrar. Cuando estás recomenzando, cuando te vas con papeles de estudiante, cuando no llegas como inversionista y no puedes tener un contrato de jornada completa, lo que toca es echar números cada mes. Te conoces de arriba a abajo los planes gratuitos de la ciudad. Revisas detalladamente gastos de vivienda, transporte y servicios. Aprendes a apagar las luces si no es necesario que estén encendidas y estás atento a cuál supermercado tiene mejores precios y calidad. Te enteras además de cómo ser un consumidor responsable y de cómo hacer reclamaciones en caso de que consideres que te han estafado. También estás pendiente de Hacienda, porque el Tío Sam (en todas sus versiones) también quiere saberlo todo de ti.




2.- A reinventarte a partir de lo que eres y lo que sabes en contraposición de lo que te ofrece tu nuevo destino. He visto médicos haciendo de hosteleros, dentistas con una tienda de ropa, periodistas siendo administrativos, informáticos, profesores de yoga. Te vas y tu mundo rota, gira, se mueve todo. Y tú te adaptas y aprendes a hacer limonada con todo lo que te cae del cielo. En la reconversión está la clave. En la capacidad de hacer lo que toca sin perder tus objetivos iniciales. En saber llevar el camino. Aunque parece un poco de autoayuda, es así queridos, y no hay nada de reprochable en ello. Por el contrario, es parte de la aventura. Como también lo es conocer y acercarte a la nueva cultura a la que has llegado. Resiliencia que llaman.





3.-A amar desde lejos y conservar  amistades y familia. A esto nos ayudan mucho las redes sociales, pero es un ejercicio personal también. Los migrantes tenemos siempre la mitad del corazón latiendo en muchas partes. Vives con eso. Tus afectos también aprenden a saber que estás, aunque no aparezcas en la foto del cumpleaños, del matrimonio, del bautizo, ahí estás en pensamiento. Aunque en momentos amargos y dulces te toque hacer llamadas o mandar mensajes de voz en lugar de dar abrazos apretados. Ahí estás.



4.- A darle otro valor y otra mirada a tu país. La distancia otorga otra perspectiva de casi todo. Lo que antes era sagrado, ahora cambia de tenor. Lo insalvable parece tener otro color. Hay preceptos que se trastocan. Cosas que detestabas del gentilicio (antes de marcharte) casi te parecen entrañables y viceversa. Nunca, nunca, nunca dejas de pensar en ese lugar. Para bien, para mal. Para odiar lo que allí sucede, para querer estar allí cuando algo grande pasa. Eres de allí y allí están tus referencias, tus puntos de partida, lo que aprendiste y gran parte de lo que eres.




5.- A querer y agradecer lo que tienes, lo que aprendes y lo que quieres conseguir en el sitio al que llegaste. Dar gracias, siempre.





lunes, 20 de febrero de 2017

Hay que cumplir


 Briamel González Zambrano

Durante la rebeldía de la adolescencia le decía a mi madre en tono socarrón: "¡No te pierdes un funeral! Estás en lo tuyo. Lo que te encanta". Y ella, airada, me respondía: "No voy a un bingo bailable, ¿oíste? ¡No seas falta de respeto! Y métete algo en la cabeza: En esta vida hay que cumplir con los amigos, con la gente que a uno le da cariño. En las buenas y en las malas. Que no se te olvide" y se señalaba insistente la sien con el dedo índice. 

Yo de verdad pensaba que disfrutaba de esas tardes de calor, misas y llantos. Lo creía por verla tantas veces sacar ropa oscura y acudir con mi papá a la funeraria y volver comentando que había saludado a los deudos y quiénes estaban. Sin embargo, los años me han hecho comprender que no había encanto y que mi madre no acudía ni acude de plañidera, sino, como ella dice, por la firmeza de su convicción de cumplir con los afectos. 

Esta semana  le he tenido que pedir que fuera al sepelio del padre de una amiga de la infancia en mi natal Puerto Ordaz. Me parecía que era la única forma en la que yo podía estar presente a pesar de la distancia. Mi madre acudió rauda. Abrazó a mi amiga de mi parte. Saludó a viejos conocidos. Al volver a casa me dijo: "¿Viste que hay que cumplir, no? ¡Ahh bueno!" Y ahí está ella cumpliendo por mí en un país que el duelo te recuerda que tus amigos están lejos, pero te abrazan a través de sus padres.





jueves, 9 de febrero de 2017

Erika, tipo en Madrid



Briamel González Zambrano 

Llega con algo de retraso porque se perdió. Solo habían pasado seis horas desde que Erika de la Vega había aterrizado en Madrid y acude a la cita con unos veinte periodistas de Venezuelan Press para charlar sobre su vida laboral, sus planes. Aparece perfectamente maquillada  y peinada.  Saca  de su bolso un pequeño trípode y una cámara que enciende enseguida. “Yo también los voy a grabar. ¿Qué creían?”, dice, y ríe.

Ha venido a España por la gira de su monólogo: “Tú no sabes quién soy yo”, que la llevará además a Barcelona, Coruña, Tenerife, París y Londres.  Escogió el nombre de la pieza para hacer un juego de palabras. “La frase la puedes  pronunciar y entonar de diferentes maneras. Si vas a buscar trabajo donde nadie te conoce, te toca decirla suave y sin ego”, dice sonriendo. 

En el espectáculo habla en clave de humor de las mujeres,  la maternidad, las relaciones, los trabajos y los cambios. Esta última palabra le toca mucho. Desde hace cuatro años vive en Miami, dejó,  de momento, las ondas hertzianas y trabaja en Telemundo.  Admite que la experiencia le ha resultado difícil por todo lo que tuvo que abandonar y la nueva etapa en la que sus veinte años de experiencia en radio “no significan nada” , debe mostrar su talento y conquistar espacios. Sin embargo, ha sabido digerir las espinas y atajado las oportunidades. “Le dije a un amigo que sentía que me habían robado el futuro. Él me respondió que no era cierto, que solo me lo habían cambiado. Que aprovechara ese giro. Esa respuesta me gustó y vi la manera de darle la vuelta a la situación”.

Sobre la migración venezolana en Estados Unidos dice que no se atreve a calificarla porque considera que,como comunidad, tiene un camino que recorrer. “No siento que deba o pueda meternos a todos en el mismo saco. Estamos aprendiendo y tratando de seguir con nuestras vidas y la única vía de hacerlo es mirando hacia adelante. También les repito una frase de Lorenzo Mendoza: Migrar es cambiar unos problemas por otros y en eso estamos todos. A mí me encanta verme con venezolanos, conversar, intercambiar ideas. Lo hago mucho con el show y en general. No puedo negar de dónde vengo”.

En medio de la conversación suena insistentemente su móvil. Lo saca y muestra a todos la pantalla que dice: “Sacar la basura”. Es su alarma de oficios del hogar. Dice: “Pues nada, hoy no se sacan las bolsas en mi casa”.  Reímos todos. Un compañero le suelta la pregunta: “¿Dónde te ves dentro de quince años?” y ella responde: “En el  cirujano plástico estirando todo lo que haya que estirar (carcajadas). Ahora en serio, como han cambiado tanto los planes, es mejor no organizarse tanto. Es mejor dejar que la vida te sorprenda un poco ¿no?”.


Así entre risas se acabó el conversatorio y con ella diciéndonos: “¡Gracias por esta sobaíta en el alma! ¡Qué bonito estar con ustedes y hablar de todo un poco! Eso ayuda y reconforta”.


COORDENADAS
Si pinchas aquí puedes ver el detrás de cámaras de su gira en Europa. (Canal oficial de Youtube).
Twitter: https://twitter.com/ErikaDLV


domingo, 29 de enero de 2017

Dos mundos

“A fuerza de vivir en varios lugares, uno acaba de ser de varias partes a la vez y de ninguna enteramente. Por haber vivido aquí mucho tiempo, conozco a París como la palma de mi mano. Pero también a Barranquilla. Y a Caracas. Por no hablar de Boyacá, mi tierra: sus laderas, sus perros ociosos que ladran al paso de un automóvil o sus crepúsculos melancólicos son míos también. A veces, por azar, dos de esos mundos resultan confrontados y uno intenta, sin fortuna, serviles de puente”.

Esto lo escribió el colombiano Plinio Apuleyo Mendoza para evocar una noche en la que llevó a un amigo paisano suyo a comer croissants de chocolate a las 3 de la madrugada en la capital francesa y el visitante rechazó la oferta y  le dijo: “Yo lo que quiero es comerme una yuca”. ¿Cómo explicar ese tubérculo a las parisinas que los acompañaban?

Así me ha pasado al intentar describir qué es una arepa, una hallaca o un bollito de maíz tierno. Explicar a qué sabe el queso guayanés, una cachapa o una polvorosa de pollo. Aquí en la universidad tuve que escribir de gastronomía y yo le decía al profesor: “Es que no cocino, no sé de ingredientes, porciones y cocción”. Él me respondía muy seriote:  “Usted no cocina, pero come. Así que escriba y haga que sus compañeros y yo, que nunca hemos visto esos platos, sintamos ganas de comerlos”. No sé si lo conseguí porque aquellos textos los hice a regañadientes y esa es casi la peor manera de rasgar las teclas del ordenador. Sin embargo,  ayer me escribió una madrileña  ex compañera de clases para decirme que había tropezado con un restaurante venezolano y que entró con su familia.

“Comimos  las cachapas y ese queso de tu tierra del que siempre hablabas. Lo que me apunté fueron los tequeños, qué ricos. ¿Cuándo quedamos para nos los prepares?”, escribió la muy ingenua criatura que no se quiere enterar de que frente a los fogones tengo poco que hacer.

Con ese texto suyo sentí que se mezclaron los mundos y agradezco que se haya desarrollado tanto la hostelería venezolana en España y especialmente en Madrid. Así, cuando tenga que explicar qué es una “pelúa”, los mando para estos locales y listo. Agradezco que estén mostrando y divulgando todo sobre la comida con la que crecimos.  Agradezco poder tomarme una chicha, o un toddy, o comerme un pabellón  y que puedo además llevar a mi novio y a mis amigos españoles y de otras nacionalidades  a que los prueben.  ¡Qué suerte! 

Mis sitios recomendados para comer venezolano en Madrid: 




jueves, 19 de enero de 2017

Un inesperado cambio de planes

Briamel González Zambrano

“Gorgojos, gorgojos. En esta casa lo que hay es gorgojos en todos los gabinetes de la cocina y  por todos lados”,  me contaba y mostraba por Skype mi amiga María que fue desde Francia a Venezuela a visitar a sus padres hace un par de años. Lo decía riendo resignada al constatar la vejez de sus progenitores, la merma en sus facultades, el cambio patente de su casa familiar.

Aquel viaje tuvo intenciones exploratorias. Fue a comprobar el estado físico de sus familiares para luego convocar una reunión con sus tres hermanos (que tampoco viven en Venezuela) y determinar el destino de los papás. Esos señores, que soñaron con una vejez abandonando Caracas y viviendo frente a las olas de su apartamento en Margarita, ahora se encontraban septuagenarios, sin hijos ni nietos que los visitaran los fines de semana y con el único divertimento de verlos crecer a través de las redes sociales.

Después de conversaciones, charlas con abogados y averiguaciones, ganó la opción de que se vinieran a España con uno de sus hijos que está residenciado en Galicia. Al principio se resistieron, pero luego, dadas las circunstancias de Venezuela,  no tuvieron más remedio que venderlo todo, empacar su vida y venir a un país que solo conocían de los libros, las películas y de sus breves vacaciones. No ha sido fácil para mi amiga y sus hermanos esta nueva etapa.  Deben afrontar las manías de los papás, sus achaques, verles quejarse del frío del invierno, del calor del verano, de que no entienden el vocabulario, de que quieren hablar hasta con las piedras en la cola del supermercado, de que no se acostumbran a que todo se hace caminando o en transporte público y además estar pendiente de su salud. Sin embargo, todos se sienten más aliviados al tenerlos cerca y de que sus hijos tengan abuelos presentes y no en fotografías.

En las últimas semanas me he encontrado con distintos amigos (por lo menos cinco) cuyos padres vinieron de visita por navidades. Todos están en la misma disyuntiva que María enfrentó hace un par de años, discutiendo qué hacer, dónde es más conveniente que vivan, sacando de la ecuación económica la pensión de Venezuela o la venta de los inmuebles porque, de momento, nada está claro. He visto a los padres, sin excepción, hablando con desesperación y desesperanza. Con ganas tremendas de dejarlo todo atrás por la simple razón de que sus hijos no están allí y ellos no tienen fuerzas para hacer colas por comida, por medicamentos, por repuestos para sus vehículos y que le tienen terror a un secuestro, a un robo, a la hostilidad en la que están ahora.

Uno de los señores me preguntó cabizbajo en estos días: “¿Qué nos pasó? ¿Cómo nos dejamos arrebatar el país?… No sé, no sé.  ¿Cómo me voy a morir en otro paisaje? Nunca me voy a acostumbrar a este frío ni a ponerme abrigo, pero yo ya poco tengo que vivir y que decidir. Que los muchachos vean qué nos conviene y eso haremos”.  Yo me quedé callada. Como ahora que termino estas líneas en el conticinio de una helada madrileña, pensando en todos los padres de tantos y tantos amigos regados por el mundo. Están solos allí, testigos del derrumbe del país. Esperando que a lo mejor todo cambie o que los vayan a buscar un domingo para tomar un avión y no regresar jamás.



Lectura recomendada:
  "Partir, arraigar, volver a los 80 años" de Lena Yau. 



viernes, 23 de diciembre de 2016

Navidad tan lejos, tan cerca



Briamel González Zambrano

Quienes nos fuimos de nuestro país contamos con redes sociales, móviles y alta tecnología para hablar con nuestras familias de forma instantánea. Enviamos fotos, sonidos, vídeos y nos sentimos arropados por su cariño. ¿Se imaginan cómo fue para quienes migraron en la época donde las cartas llegaban con meses de retraso y se viajaba en barco durante semanas? ¿O los que se fueron becados en los '80 y '90 cuando las llamadas telefónicas eran tan caras que solo decían: "Mamá, feliz navidad. Saluda a los abuelos. Aquí hace mucho frío. Coman hallacas por mí. Chao. Feliz año 1991". Puff, eso sí que era estar requetelejos. 

Pese a lo cerca que nos sentimos ahora, en navidades (y siempre) nos falta, cómo no, el abrazo, el calor, el color de ese lugar de donde nos hemos ido. Mi invitación es a disfrutar sin drama del sitio nuevo donde nos encontramos. De la gente que nos rodea, de esas nuevas costumbres, esa gastronomía diferente, ese otro clima y esos nuevos afectos. Sonreír y agradecer por  lo conseguido. Ponderar lo que quedó atrás y valorar el aquí y el ahora. 

Debido a las guardias de mi trabajo pasé ya muchas navidades lejos de casa cuando aún vivía en Venezuela. Digamos que tengo entrenamiento y que aprendí a quitarle hierro al asunto de estar sin mis afectos durante las fiestas. Tampoco niego que a veces el 31 me entra como una breve desazón y una lagrimilla se quiere asomar, pero me doy cuenta que desentona y sigo con mi vino, mis uvas y mi cochinillo. Abrazo fuerte a mi amor y agradezco por la salud y el bienestar de los míos. Extiendo mi invitación a agradecer por lo recibido, a seguir luchando por lo que se quiere conseguir y no hacer sangre por no estar en un espacio geográfico. Siempre nos quedará el teléfono móvil, el skype y todo lo demás para transmitir el amor a nuestros afectos. 


¡Feliz navidad y que 2017 sea estelar!

La Rorra en el teclado